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Fragmento

Todo empezó el día que soñé con él. Yo no era más que una pobre campesina, a pesar de eso, todo el pueblo me miraba con admiración, y más de un extranjero había pretendido desposarme. Yo me negué a todos, y mi padre por algún extraño motivo que aun desconozco, siempre respetó mis deseos. Al igual que ser hermosa es un don, muy posiblemente se convierta en tu maldición, al menos ese fue mi caso. Pero lo importante es que aquel día se intuía en el aire la discordia de los dioses. El tiempo había estado cargado, se avecinaba tormenta. Cuando me envolvió el sueño aquella noche, en seguida quise despertar, quise correr de forma desesperada hacia el lado contrario. Grite en sueños pero nadie me escucho. Me encontraba rodeada de una espesa bruma, la presión atenazaba mi pecho, sentía que no podía respirar. Poco a poco caí en el sopor que trae el cansancio, mientras andaba dando tumbos. La niebla fue desapareciendo, dando paso a la inmensidad de un desierto de roca negra, que desembocaba en una colina serpenteante que coronaba con un oscuro castillo que prometía horribles pesadillas. Mis ojos lloraban mientras mis pies se negaban a parar. Me temblaban las manos, el miedo consumía mis pensamientos que se iban apagando lentamente. El caminar me sacó del sopor. Y según me acercaba vi que todo tenía más luz, e intuí en los murmullos del aire el batir del mar contra las rocas. Mi paso sosegado calmó mi corazón y pronto dejé de llorar para empezar a murmurar. Vinieron a mi mente extrañas canciones de mi niñez sin que yo las llamara. Así el murmullo dejo de ser un pobre eco para convertirse en un grito de libertad cantando tales canciones. A todo esto, acortaba la distancia al final de aquel páramo desierto, ya pocos metros me separaban de aquel atrayente lugar. A un paso todo se calmó. Ya no se oían las olas,  no se escuchaba el estrépito de la tormenta, y yo callé. El chirrido de la puerta al abrirse rompió el silencio mientras entraba en el interior de la fortaleza. Parecía olvidada, más aún se intuía su grandeza de antaño. Surcaba los pasillos y las salas, cuando entendí lo mucho que había ansiado llegar aquí en realidad, aunque no lo supiera. Mientras exploraba una de las hermosas salas, hallé mi reflejo en un antiguo cristal, y vi con asombro como la sala se empezaba a transformar. Se fue iluminando antorcha a antorcha, y miles de sombras comenzaron a bailar, poco a poco todo se fue definiendo y las sombras pasaron a ser fantasmas del pasado, riendo, danzando. La orquesta acabó su canción y otra nueva empezó con un cambio de parejas. Entre la locura uno me tomo en sus brazos y consiguió que me abandonara a la música hasta caer rendida a sus pies. En ese momento perdí de vista el antiguo cristal, y pensé que ya nada estaría igual, pues todo sería un sueño. Más al levantar la vista todo seguía ahí. Todos bailaban a mí alrededor, mientras yo no era consciente de nada. Un cosquilleo recorrió mi espalda, producto de una incitante mirada. Giré lentamente, notando su mirada, mientras mi estropeado vestido ondeaba a mí alrededor y los últimos cabellos que quedaban recogidos escapaban de mi peinado.
Solo entonces topé con su mirada. Oscura como la noche, pude ver las estrellas en ella. Conseguí apartar la vista de sus ojos y recorrer el resto de su rostro, mientras luchaba por respirar y a la vez calmar mi corazón. Él se acercó lentamente, como un depredador. Entonces tendió su mano ofreciéndomela. Pasados los segundos, yo no me moví, y él sonrió. Creyéndose derrotado dio media vuelta y partió lejos de mis brazos. Más mis pies por fin reaccionaron y se acercaron a él. Sin mirarme intuyó mi presencia y yo noté como sonreía. Una canción acabó, y la pista se fue despejando, estábamos parados, uno detrás del otro, pero él no se giró y yo no tenía palabras para hablar. Retrocedí hasta el centro de la pista y con un frágil movimiento de cabeza le pedí a la orquesta que volviera a tocar. Comencé a moverme lentamente al son de la música mientras él aún no se giraba. Cerré los ojos notando el suelo bajo mis pies, las notas movían mi cuerpo al son de la hermosa canción. Y al abrir los ojos observé atónita como aquel hermoso hombre se evaporaba, convirtiéndose en aire negro que surcó la sala hasta colocarse tras de mí, y volver a su cuerpo mortal. Cogiéndome de una mano y posó la otra en mi cadera, guiándome así en aquella melodía, sonriendo ante mi incredulidad. Pero poco a poco fui cayendo en el sopor de nuevo. Esta vez, él me enseñó nuestra historia. Nos vi en diversas vidas, en diversas formas. Él y yo juntos y separados hasta el final de los días. Antaño fuimos dioses venerados, pero no los únicos. Sobre nuestro amor cayó una maldición, y fuimos separados hasta que algo más grande que el propio azar consiguiera borrar la condena. Vi cómo caía una y otra vez en sus brazos y cómo siempre los destinos nos separaban. Mi hermosura solía desatar la locura de los hombres, que siempre me separaban de mi amor. La valentía de él solía llevarlo a la muerte sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo. Cuando acabó la canción y nos detuvimos mis ojos estaban encharcados de lágrimas por contemplar la muerte de nuestro amor tantas veces. Me giré para contemplar como él sonreía.
-Por fin te vuelvo a ver- susurró mientras acariciaba mi rostro.
Entonces todos los sentimientos volvieron a florecer en mi interior, recordé lo que era sentirse viva, lo que era estar entre sus brazos. Supe que por él los había rechazado a todos. Me deje llevar por sus caricias, mientras las lágrimas se secaban y mis ojos volvían a brillar. Extendí mi mano hacía su faz y acaricié sus bellas facciones de dios.
-Vuelves a ser tú- murmuré para mis adentros, recordando la primera vez que le vi.
-Siempre que te he amado he sido yo-repuso mientras me  atrapaba entre sus brazos.
Levante la cabeza y le mire a los ojos a la par que entrelazaba mis dedos en su cabello y acercaba el rostro para besarle, pero entonces él me detuvo.
-Debes despertar-repuso él con una sonrisa a medias.
Mi corazón se rompió en pedazos al creer que lo perdería de nuevo.
-No quiero irme; no quiero perderte otra vez.
Me abrazó fuertemente contra su pecho.
-No lo harás.
Todo se torno negro y entonces… desperté. 

Travesía...

Era una noche como otra cualquiera, pero yo no podía dormir, sentía una quemazón en la piel, era como si algo me llamará. No sabía que hacer, donde se suponía que debía dirigirme. De repente ya no estaba tumbada. Estaba en medio de la calle, andaba descalza por las calles mal adoquinadas de mi ciudad, y notaba como mis pies magullados pedían clemencia, me pedían que parara, que los dejara escapar del dolor. Pero yo no hacía caso a mis pies. Y seguía andando mientras las lágrimas se mezclaban con la lluvia en mi cara. No sabía porque lloraba. Yo era una extraña en mi cuerpo, no interpretaba lo que este me decía. Era como si fuéramos cosas diferentes que habían dejado de intentar entenderse. Mi pijama fue desapareciendo con la lluvia, parecía acido haciéndolo jirones. La desnudez que este dejó fue cubierta poco a poco por un hermoso vestido. La lluvia se adhería sobre la piel e iba creando un fino manto. Mientras, yo andaba por la ciudad. Pasé por la fuente de los deseos y me zambullí en ella, aquel enorme estanque depositó flores sobre mi cabello, delicadas flores de agua cristalina que tomaron el color de la luna y crearon una corona de luz a mi alrededor. Cuando salí de la fuente, el vestido era aun más hermoso. Ya no era una simple prenda de luz que recubría mi cuerpo, ahora era un bellísimo diseño que hacía mi cuerpo aun más elegante. Caía por el suelo y se arrastraba tras de mi. El aire de la noche me azotó mientras seguía andando, cada vez era más fuerte, y mi paso cada vez más firme. Y el vestido cogió volumen y aun era más hermoso. La luna fue tiñendo sus nuevos pliegue que parecían de gasa, y las estrellas caían del cielo para adornarlo. Brillos delicados resaltaban mis nuevos ojos. Ojos que tenían el poder de una diosa. Algo tiraba de mi, y esa algo era mas fuerte que yo. Vi el bosque de los Mil Tormentos, aquel del que los sabios advertían que si querías averiguar que había más allá de él, lo averiguarías con valor, pero no retornarías para contarlo. Pero mi miedo no era sufriente para pararme, pues noté un escalofrío subir por mi columna y atravesar mi pecho. Una suave voz se instaló en él. Y esa voz me calmó y me robó el miedo. Mi ancla a la vida. Así, con paso firme me interné en el bosque. Y entendí su nombre. Su apariencia era temible, cuando te internabas en él, miles de ramas secas se clavaban contra todo tu ser. Desgarraron los pliegues de mi hermoso vestido. ¡Mi vestido! En aquel momento solo me importaban dos cosas, la voz de mi corazón y mi hermoso vestido. Las mangas que cubrían mis brazos se rasgaron y dejaron de cubrir mi cuerpo. El cuerpo de mi vestido se desgarró y dejo de cubrir mi vientre. Pero extrañamente, no me hice daño, y el hermoso vestido era igual de bello, quién sabe si incluso más. Aquel bosque desapareció, y todo se volvió desértico y terriblemente despoblado. El aire del desierto se alzó, y las flores de mi cabello se marchitaron, y adquirieron un extraño color. Era como plata muerta. Seguí andando. Notaba los pies descalzos en la arena y como las heridas que habían echo los adoquines se llenaban de arena y humedecían mis ojos por el dolor. Pero todo eso daba igual, porque a cada paso la voz era más fuerte. Un nuevo escalofrío me advirtió de peligro. Pero yo no veía ningún depredador, encogida por el miedo seguí con mi camino y oí el aullido de un lobo en la lejanía. "¿Lobos en el desierto?" mis piernas echaron a correr. Nada tenía sentido pero eso daba igual. Corrí hasta que los pulmones empezaron a arderme y no podía respirar, y llegado a ese punto, seguí corriendo hasta que me interné en una espesa bruma y los aullidos se dejaron de oír. En aquel oíais de niebla no se oía nada. Notaba mi pulso acelerado, pero no lo oía. No oía mis pies romper la hojas que sabía que estaba quebrando. Seguí andando y mi pulso se relajó, los parpados me empezaron a pesar, y de repente estaba muy cansada. Andaba dando tumbos y no veía nada. El miedo me atenazó los músculos y sin oír nada caí por algún lugar. Sin oír mi grito; también puede que no gritara, puede incluso que no cayera. La oscuridad deba vueltas sin dar tregua a mi cerebro y mientras yo creía caer, el sopor me tragó poco a poco, y cuando estampé contra el frió suelo, oí el golpe seco de mi cuerpo, y volví a escuchar mi corazón. Entonces el sopor me venció. Y caí dormida en algún lugar de esa bruma.
Cuando desperté ya no estaba en la niebla. Miré hacia arriba y no vi nada mas que cielo. Entonces me cuestioné si es que había caído, pero mientras miraba, vi un pasadizo de cristal que empezó a derretirse. Y del que calló una delicada gota. El viento sopló. Entonces hacia tanto frío que aquella delicada gota se convirtió en nieve. Pero yo no sentía el frió. Seguí andando sin rumbo mirando a todos lados sin ver nada que no fuera de cristal, árboles caducos de transparente cristal pulido. Nada más. Y mientras la nieve caiga se fue quedando sobre mi espalda, y poco a poco empecé a notar el frió. La nieve sobre mi espalda esa suave y al tocarla se convirtió ante mis ojos en una capa de terciopelo blanco. Me envolví en ella. Poco a poco entre en calor. Sentí que mi piernas empezaban a correr, y porque sí, mi risa brotó. Empecé a bailar sobre el suelo de cristal. Cantaba y daba vueltas, simplemente reía.  Empezó a hacer calor y la capa se derritió empapando mi piel y llenándola de roció. Cada vez hacía más calor.  Y cuando miré hacia abajo vi que el suelo de cristal allí era muy fino. Debajo de mis pies estaba el infierno. Mis ojos se agrandaron y eche  a correr, pero no podía apartar la vista. Miles de demonios jugando a depravados juegos con los condenados. Nadie se lo pasaba mal. Aquel era un caos. Ese infierno era el cielo de los malditos. Todo fuego y calor. La belleza de la maldad empezó a atraerme y vi unas escaleras por las que bajar. Todo me dio igual en aquel momento. Quería bajar. Unirme a su pecaminosa danza. Y seguí a mi instinto. Un peldaño, dos peldaños. El calor aumentaba y la voz gritaba. Pero no sabía el qué. Cuando perdí de vista todo el anterior paraje, una voz me detuvo. Algo me poseyó. Mis ojos empezaron a brillar, y mi cuerpo a temblar. La voz. Ahora oía a la voz. Me decía que diera media vuelta. Que me marchara de aquel lugar. Pero yo no lo entendía. No entendía porque. Luché contra aquella voz y la expulsé de mi cabeza. La saqué de mi corazón. Entonces noté como algo moría en mi. Y vi sus ojos. Lloraban por mi, porque me habían perdido. La luz de mis ojos se apagó. Y si antes brillaban cuan reina de la luna ahora brillaban como si la fuerza de todo el mal se encerrara en mi. Seguí bajando aquella escalinata con majestuoso porte. Mientras dejaba atrás el rostro mas hermoso que jamás vería. Aquel chico no era muy guapo. Pero cuando lo vi por última vez me miró como si lo hubiera perdido todo, como si sin mi, no fuera nada. Y eso me dio la fuerza que nunca había tenido. Mientras andaba mis pies heridos sanaban y sentía mi cuerpo cambiar. Mi pelo de cristal de volvía azabache, mis uñas se alargaban. Un hambre feroz se adueñaba de mi. Mis pupilas crecían y se alargan; mis instintos se volvían como los de un felino. Todos los presentes cesaron en lo que hacían para mirarme. Mientras atravesaba la sala, las estrellas de mis vestido cayeron y murieron. Mi vestido se evaporó mientras andaba entre las llamas de la condenación eterna. Seguí andando desnuda y poderosa entre una nube de vapor, mientras la pasar por la lava y el fuego un nuevo vestido se forjaba. Cuando llegué ante todos el calor se había pegado a mi piel, y rojo pasión, llevaba un corsé. Los presentes empezaron a postrarse ante mi. Cada demonio, cada odiado ser admirándome. Admiraban mis piernas lujuriosas y la minifalda de cuero rojo abierta por los extremos, formada por la luz del abrasador sol. Cintas de cuero entrelazaban en mis tobillos siguiendo el camino hacia los muslos. Note que ante su miraba mi pelo se rizaza y se alargaba, siendo  surcado por llamas de llameante pasión. Unos diminutos cuernos brotaron en mi frente, y la sensación de poder cada vez era más abrumadora. Mis caninos se alargaron y abrí la boca para liberarlos. Mis ojos se encendieron, y alrededor de mis nuevas pupilas lo que antes era plata se volvió rojo, y lo que según las estrellas era blanco se volvió negro.
Entre la multitud apareció el hombre más impresionante de la faz universal. Cada vez mas cerca de mi, todo mi ser empezó a temblar. Un nuevo escalofrío me recorrió. Y supe que aquel no era un hombre. Note que era mucho más. Sus ojos me miraban con adoración y mi corazón palpitaba con veneración. Cuando llegó ante mí, vi sus enormes olas negras de ángel caído. Su pecho al aire me robó el poco aliento que quedaba y sus ojos de oscura luz me robaron mi ultimo latido.
-Bienvenida al infierno mi reina. Soy al que llaman Lucifer.

El deseo desdichado.

Andaba ante la adversidad del momento buscando tu fotografía. Sentí que mi corazón se aceleraba, pero no sabía porqué.  Subía al desván buscando viejos recuerdos que me dejaran soñar. No encontraba más que polvo que me hacía estornudar, así que me senté a pensar. Pero a mi mente no acudían mas palabras que la de aquel libro que leí una vez, después de leerlo cerré los ojos y escuche susurros en el cielo que me decían que me acercará a él. Sentí calor, miedo, claustrofobia. Decidí huir de allí. Pero al levantarme e intentar correr choqué contra algo que no recordaba estuviera ahí. Era una caja pequeña y hermosa, tallada y modelada para perderse en ella. Extendí una mano para abrirla, estaba segura de que lo que buscaba esta hay. “¿Lo que buscas? No, no te engañes. Si lo abres encontraras lo que quieres, lo que anhelas tan en el fondo que ni lo sabes…”
No pensaba, no era capaz de hacerlo. Oía voces que me incitaban, ellas me controlaban. Abrí la caja, y miré el interior. Curioso, sabía que lo buscaba estaba allí, me lo habían dicho las voces, y sin embargo aquello estaba vacío. Asomaba mi nariz a la pequeña caja, cuando algo me empujó contra ella, y empecé a caer, y caer. Giraba es  una  hermosa espiral y había dejado de ver el mundo. Era un viaje incesante, jamás acaba. Dejé de gritar, pues que sentido tenía si yo oía mi grito. Cerré los ojos, pues que sentido tenía intentar ver en aquella oscuridad. El aire dejó de notarse, el calor se desvaneció, poco a poco la consciencia, vil ella, me abandonó. Cuando desperté, pensé que allí estaría lo que andaba buscando. Al abril los ojos, solo vi la nada. Notaba  paredes que me oprimían, mientras extendía las manos y no había nada. No había salida, no podía escapar, y resultaba que mi último deseo se había cumplido, no les volvería a ver jamás. Más cuan cruel es mi destino, cuan tonta fui al pronunciar tan desdichadas palabras. No obstante, ya se lo que buscaba, mi propia cordura. La encontré en el mismo lugar que más tarde la volví a perder, pues a este lugar, la muerte no llega.

Delirios.

Y entonces surqué los cielos, rompí las murallas de lo conocido, y llegué a un bosque lejano, en el que nada tenía sentido. Los árboles nacían de las ramas y eran de color turquesa, lentamente a paso milenario crecían hacia los cielos, formando una curiosa espiral de raíces. Los ríos eran de tierra, de un curioso color a sol, pero eran fríos como el hielo, helados como mi corazón. Había lava como tierra, que poco a poco fundía el sol, un sol de color desesperación. Más nada tenía sentido, pues aquella imagen no era en color, era como una película de cine mudo. Esto me hizo darme cuenta, de que todo era una ensoñación, desperté lentamente en una casa en ruinas en medio de la nada. Oía el reptar de una serpiente en la oscuridad, y el ulular de los búhos en la lejanía de los árboles.  Los peligros se acercaban, así pues ya era era hora de dormir, ¿pues no dice aquel dicho si no los veo, no me ven? Más pobre tonta de mí, cuán ingenua fui en aquel momento. Ahora vivo en el mundo de los muertos, ya no puedo soñar, no puedo sentir. Me tendré que limitar a levitar, desafiar a las leyes que rigen el universo. Intentar recordar lo que sentí en aquel páramo gris... Simplemente recordar como era sentir.

Qué sentido tiene....

No lo entendía. Jamás lo entendí. No entendía cómo podía haber algo tan casual como el amor correspondido. No tiene sentido, suena imposible que entre los millones de personas que somos, haya cabida para la coincidencia. Siempre pedía el porque, porque alguien se iba a enamorar de mi, más aun, amándole yo. Pero la vida es curiosa, y el otro día pasó algo que cambió el curso de mis pensamientos.

Le conocía desde hace tiempo, más aún lo sorprendente, es lo rápido que le conocí, que él me abriera el corazón sin saber nada de mí. Él era mi amigo y yo su amiga, no veía nada más que inquebrantable amistad. Casualidad, un día vi que sus ojos brillaban más cuando me miraba, y que mis labios se curvaban en una tierna sonrisa.  Me conocía como pocas personas me conocen, sabía de mí casi tanto como yo. Sabía que yo no le veía sentido al amor, sabía que me parecía imposible, y el siempre me animó, intentaba hacerme ver que era especial.
Así los días pasaron, las semanas, los meses. Poco a poco, reíamos siempre juntos, brillábamos a la par, pequeñas miradas furtivas volaban, casuales roces danzaban.
Y fue un día de esos cuando me dijo “Te quiero”. Casi parecía habérsele escapado. No me miraba pero yo sonreí mientras él intentaba borrar lo que acababa de decir, aunque eso fuera como cegarse a sí mismo. No era la primera vez que oía su te quiero, pero fue la primera vez en la que él  dijo la verdad. “Y yo”, contesté. Él me miró sorprendido. Mientras yo sonreía, simplemente sonreía, y era feliz. “Pensé que preguntarías el porqué”, repuso contrariado. Reí, reí con la sonrisa más melodiosa que hayan oído los humanos. “Estaba equivocada, no hace falta el porqué. Eso es absurdo, tengo la respuesta en tu mirada”. Él se acercó lentamente, muy lentamente sin apartar su mirada de la mía. Y cuando sus labios tocaron los míos, suaves y sensuales… olvide todo. Y descubrí lo absurda que había sido todo aquel tiempo.

Confesiones a ciegas.

Y si simplemente no se que decir, porqué no me callo, pues porque no se que decir. Y entonces hablo, sin decir nada en concreto, sin pensar en lo que pienso. Y sin querer hablo de ti, divago sin pensar, solamente hablo, hablo de soñar. Y al callar descubro que estas detrás e mi, pero ya está todo dicho, todo, y ya no hay nada que pueda solucionarlo. Solo puedo aguardar. Pero tus labios no se mueven y tus ojos me miran inexpresivos como cristales, cada segundo de tú mirada duele como un puñal en el pecho. Tus manos no se acercan a mí, ni tus pies acortan la distancia. Pero no es necesario que hables, lo entiendo todo. Simplemente no me amas. Pero eso da igual, pues siempre quedará tu mirada en la mía, el ligero rumor de tu risa en la brisa. Simplemente no me amas, y ahora me toca dejar de amarte. Solo lamento una cosa, y es que mientras lo conté todo, no me miraste a los ojos. Porque quizá, solo quizá, si hubieras visto el brillo en mi mirada... si hubieras acortado la distancia.

Memorias

El final se acercaba, pero por una vez no me importaba. La puerta no resistía mucho más, entonces moriríamos. Sabía que todo iba a acabar, así que me giré hacia ti. Oía como todo fuera de aquella habitación se resquebrajaba y rompía. Veía el miedo en tu mirada, y entendí que estaba loca por no temer a la muerte. No obstante, todo seguía dándome igual. Entonces te abracé y poco a poco sentí como te tranquilizabas y nuestras lágrimas brotaban. Empecé a cantar como tantea veces lo habíamos hecho y me seguiste. Descubrí que hasta en medio del infierno se puede ser feliz y que pasara lo que pasara, lo último que quedaría en mis ojos, sería aquel recuerdo. Después que era nuestro final. Decidimos sonreír y guardar el recuerdo más hermoso que tibiáramos. Lo recordamos todo, y reímos. Todo daba igual, porque eramos felices.
Todo empezó a hundirse. Te miré con ternura y pensé que eras la mejor amiga que podría tenido. Entonces te dije exactamente lo que querías oír, y me dio igual estar mintiéndote, porque con esa mentira te hacía feliz. entonces sonreíste, y supe que valía la pena. Te abracé, cerré los ojos... y la oscuridad me tragó.
Aún recuerdo mis últimas palabras.
-Nunca te olvidaré.
No se donde estoy, ni donde estás, no sé porqué hay tanto silencio, ni porque siento que no puedo dejar de sonreír, aunque no sienta mis labios. Pero sé que esas palabras siempre serán ciertas, y que estés donde estés, lo último que te vi hacer fue sonreír.
Aquí hay poco que hacer, salvo sentirse bien. Pero eso no va conmigo, así que tendré que soñar. Quién sabe que pasará esta vez.
No siento mi cuerpo, pero sé que he cerrado los ojos. Me invento que puedo volar, y de repente ya no hay tanto silencio. ni tanta oscuridad. Abro los ojos y vuelo. Entonces empiezo a soñar, y veo que todo es posible. Y poco a poco vuelvo a vivir. Es curioso pues no dormimos y ya nunca digo que me aburro. Pero no se si algo de todo esto es real, posiblemente todo sea cosa de mi imaginación pero eso da igual.
El otro día pasó una cosa curiosa, te vi a o lejos, como através de un espeso cristal. Vi que tu sueño se había hecho realidad, te vi sonreír como nunca lo habías hecho. Algo dentro de mi me dijo que nos volveríamos a ver, y reí como nunca. Pero alguien me llamó en aquel entonces y me despisté.
Más tarde, no se cuento pues el tiempo aquí no se mide igual, me dijeron que aquel día, allá donde reinan los mortales, había hecho el día mas hermoso que los humanos habían contemplado.

Escucha...

El hablaba pero ya hacía tiempo que había dejado de escuchar. Pensaba en que pasaría por su cabeza, y en porque sus labios no dejaban de moverse. Coloqué un dedo sobre sus labios, disfrutando la sensación.
-Shhh... escucha mi corazón.
Él apoyó su cabeza en mi pecho, mientras mi respiración se aceleraba.
_¿Le oyes?- pregunté.
-Sí.
Poco a poco fue subiendo su boca hasta acariciar mi cuello, bajo los latido de mi corazón.
- ¿Y qué dice?- pregunté trémula.
-Ámame- susurró en mi cuello haciéndome estremecer.
-¡Qué bobada!- sentencié- ¿Por qué iba a decir tal cosa?
Fue entonces cuando memorizo cada rasgo de mi cara.
- Porqué tú también me amas.
Mi mirada se encontró con la suya interrogante.
-¿También?
-¿Ves lo que te digo?- sonrió.
Y me besó, sus labios calleron sobre mí de forma inesperada. Fue entonces cuando descubrí que le amaba. Y mientras nos besábamos recordé cada uno de los momentos en lo que nos decíamos con a mirada que nos amábamos sin saberlo y fue hermoso.
Nos fundimos en aquel beso mientras nada era lo sucientemente cerca. En aquel momento no puede evitar reir, reí mientras aun le besaba, reía porque jamas había sido tan feliz.
-¿Por qué ríes?- pregunto.
-¿Y porque no?-ataqué juguetona- Hoy el mundo es hermoso.

Un cuento...

-No me beses…- pidió cuando sus alientos se juntaron.
Su voz teñida de llanto, la vista clavada en sus ojos. Lo más profundo de su mirada contradecía sus palabras, rogaba por un beso. Ahí y ahora; con las olas golpeando sus cuerpos, la arena mojada molesta entre los dedos de los pies, el sol desvaneciéndose en el horizonte, dado paso a la belleza de la oscuridad teñida de sangre. Cada fibra de su ser notando el peso de él, su calor, la fiereza de su mirada
-¿por qué?- pregunto él sin apartar su rostro, sin despegar la mirada de su boca. En su mirada reflejado el anhelo y en sus palabras la muda convicción de que la iba a besar, y que lo único que deseaba era que ella no le rechazara. Todo daba igual, solo importaba la hermosura de que aquel momento la delicadeza de ella. Nada evitaría que le besara, bien podría llegar el mismo Dionisio que no se la arrebataría de sus brazos. Mientras ella estuviera hay todo estaría bien.
-por que si me besas seguro que despertaré-dijo tranzando su cara- sin tus labios, sin tus ojos, sin ti…-posó un dedo en sus labios, pidiendo su silencio antes de que replicara, lo cual acabó en otra deliciosa caricia trazando el contorno de sus labios, mientras perdía el hilo de sus palabras y soñaba despierta con la ternura de sus labios-sin saber que aún te amo…
-¿Aún?-pregunto él.
Y en ese momento, supo que ella siempre le había querido desde las sombras cuan fantasma de la opera. Con aquella mirada supo todo lo que necesita saber. Y la beso. La beso como si no hubiera mañana, como si no existiera nada más que ella. Ella no pudo resistirse y le siguió mientras notaba como cada sentimiento de su interior salía a flote, brotaba. Labios contra labios, su aliento en la majilla acariciándola, sus dedos jugando en su pelo, tentándola a perderse.
Con los ajos cerrados cada vez estaba más perdida en el momento, no sabia quien era, ni lo que hacia, solo con quien estaba y que no quería que acabara jamás. Pero el se alejó de ella, y poco a poco volvió a escuchar el arrullo de las olas, y sentirlas chocar contra sus pies, poco a poco volvió a escuchar el tic-tac de su reloj, su respiración. Cuando su corazón  volvió a latir con regularidad, abrió  los ojos.


-¿¡Y!? Mamá, no lo puedes dejar así- exclamo su hija. La pequeña se había hecho mayor, y solo pensaba en un caballero de brillante armadura.
Su madre sonrió con pesar, recordaba aquellos tiempos, recordándolo a él.
-Sí, ¿y?-coreo su marido, con  los ojos brillando por los recuerdos, formando una mirada cómplice. Dejo su puesto, recostado en el marco de la puerta y acudió a sentarse con ella y su hija. Cogiendo a la niña en brazos de su madre y encarándola con la mirada, deseando tanto como su hija sabiendo que toque final le daría.
-¿Despertó?- preguntó la pequeña abrazada a su padre.
El silencio se hizo pesado mientras todos esperaban al final. Ella miró a los ojos azabache de los que hace tanto que se enamoró.
-No-proclamó-al fin y al cabo el no era ningún príncipe azul.
Y con una última mirada a la luz azabache de sus ojos, acostaron a su hija, quien antes de dormir pudo ver las figuras recortadas de sus padres mientras se besaban. Y alguno pensaba: “sí, era un sueño, desde el primer momento que te conocí empecé a soñar, soñaba que todo podía ser real.”

Mi alma se desquebrajaba

Sentí como mi alma se desquebrajaba a mis pies, mi cuerpo se empezó a convulsionar, mientras mi ser se vaciaba. Las lágrimas empezaron a brotar, mientras mi cuerpo perdía color. Mis labios se tiñeron del color de la muerte, mientras daba mi último suspiro. Sentía tus manos alrededor de mi cuello, pero no podía hacer nada porque pararas de apretar. Sentí como mi mente caiga al abismo. Y “bum”, mi corazón se paró, y todo se volvió negro.

Cuando desperté no oía nada. Mis ojos estaban cerrados y algo me impedía abrirlos. Era como si mi parpado y mi pómulo se hubieran fundido. Sentí junto a mi oído una respiración como un silbido. Una mano se posó suavemente sobre mí. No noté nada. Pero podría describir aquella mano como si fuera mía. Era fría y rugosa, putrefacta. Con largos dedos y uñas aun más largas. Sin embargo, mi miedo en aquel momento era irracional. Aquella mano me trató gentilmente, me consoló. Me consoló hasta que dormí. Y después todo volvió a desaparecer.

Volvía a ser consciente de todo. De todo lo que pudiera sentir. Sombras empezaron a bailar ante mis ojos en una extraña danza que evocaba a demonios dormidos antaño. No veía nada, pero lo veía todo. Estaba en un lugar en el que no hacían falta ojos para ver, ni tacto para sentir. Lo malo es que en aquel lugar se utilizaba la política de que si algo no se necesita, no se mantiene. Aquel lugar era el infierno. No sabía porque había acabado allí. Me preguntaba que había echo. Sufrí durante milenios la condenación eterna, sintiendo el dolor en mis entrañas cada segundo sin descanso. Hasta que un día entendí, que ya no tenía sentido recordar una y otra vez mi vida, no encontraría fallo alguno. Descubrí entonces que todos estamos condenados. Decidí olvidar mi historia, simplemente, morí después de muerta, sumiéndome en el dolor.

Susurros en la brisa

Yo andaba sin andar y no entendía nada. Miraba hacia todos lados buscando un alma que me entendiera y explicara lo que yo era incapaz de decir. Era un alma en pena que desconocía ser un alma. Y mientras andaba por las calles de mi propia utopía, encontré una especie de dios alado. Brillaba con la fuerza de los astros, brillaba tanto que mis pobres ojos de mortal empezaron a llorar. Mi corazón sangraba, y mi boca comenzó a hablar en un lenguaje extraño. Conté todo lo que creía saber, lo conté todo mientras aquel ser alado me destrozaba. Poco a poco mi boca se cerró, y ya solo caían lágrimas que no respondían a mis ojos. No entendía nada. Y no sabía el porqué. Él se cernió sobre mí, y me rodeó con sus alas, su luz se fue apagando, mientras sus alas calentaban mi cuerpo. Noté que la luz volvía a brillar, solo que esta vez, manaba de mí. Mis ojos destellaron luz, mientras el cada vez era más humano que dios. Fue entonces cuando me besó. Primero sentí electricidad por todo el cuerpo, mientras después me elevaba. Dejé de oírlo todo para solo oír nuestros latidos a la par. Comencé a comprender algo. Comencé a comprender sus labios. Aquel beso nos fundió en una sola persona. Cuando acabó, noté que el se despegaba de mi, pero aun era pronto para abrir los ojos. De todas formas le notaba cerca. Me regodeé en el momento hasta que me sentí exhausta, entonces abrí los ojos mientras caía al suelo. Miré a mi alrededor, pero el ya no estaba. Sin embargo, sentía su calor, oía sus susurros en la brisa, diciéndome que me querría. Entonces comenzó a llover. Las farolas se fundieron, pero seguía habiendo luz. Volvía a no comprender nada.¿Dónde estaba? Me percaté entonces de que tenía alas, y que la luz del aquel muchacho brillaba en mí. Rompí a llorar de nuevo, porque entendí que por algún motivo él me conocía, y me amaba; y que por eso me había regalado su don. Por algún motivo, que ni aun ahora logró comprender, el me dio su vida… para salvar la mía. ¿Qué cómo sé que corría peligro? Porque aún oigo susurros en el viento, que me cuentan oscuras historias del norte. 

¿Me ayudas?

Estoy muerta,la envidia me mató.Queria tu beso y jamas llegó.Estaba bajo tierra hasta que me aburrí y empecé a soñar.Entonces decidí buscarte,y mi carne corroida se iba callendo como los pedazos de mi corazón mientras te veía sonreir por otra. Mi corazón ya esta perdido,de mi ya queda poco... me ayudas a recuperar mi alma¿?

Un sueño con ojos como plata...

Y como si mentes empáticas fuéramos, los dos nos tumbamos  la vez. Yo debajo, el encima. Cerca, muy cerca, su rostro sobre el mío. No pensaba en nada, no podía pensar. Solo miraba sus ojos, ojos que me hacían suspirar. Sintiendo su calor, alejándome de él, queriendo huir y sin poder. Y cuando pensé que todo acababa ahí, que no osaría acercarse más, que no le tendría que mirar… entonces lo vi, vi el brillo en su mirada, y me hipnotizó. Cuando sus labios casi me rozaban, cuando sentía su aliento, el vaivén de mi respiración me delató…  Desperté, y lamente que solo hubiera sido un sueño.

Sucedió una noche fría...

Me dio un vuelco el corazón, y no tenía donde ir, solo tenía cobijo entre mis brazos, y estos estaban gélidos y húmedos por las lágrimas de mis ojos. Todo era más pequeño a mí al rededor, las paredes se cerraban sobre mi, y cada vez era más fuerte el latido de mi corazón. Poco a poco caí en el abismo y me deslicé hasta el suelo, entonces ya nada tenía sentido. La música seguía con su melodía en mis oídos y el suelo frió se clavaba en mis costillas, mientras, yo me mecía como si con el vaivén se fueran a desvanecer todos los oscuros pensamientos que poblaban mi pecho. Y la luz se apago, me quedé sumida en la oscuridad. Bum-bum, bum-bum. No había nada. Bum-bum, bum-bum. Era demasiado pequeño. Bum-bum, bum-bum. El olor de la muerte me invadió, y supe con certeza que aquel iba a ser mi ataúd. Bum-bum, bum-bum. La música se apagó, me había quedado sin batería. Toda pequeña luz que convirtiera en sombras las tinieblas se había desvanecido. Bum-bum, bum-bum. Él me levantó en brazos y supe que todo iba peligrosamente bien. Bum-bum. Mi latido se hacía cada vez más débil, como si se quisiera ocultar, como si supiera que la única forma de sobrevivir era huyendo. Bum. Pero él no es tan tonto. Y antes de que me librara, me mordió. Había robado mi alma. La sangre solo era parte de su juego, aquel demonio no la necesitaba para nada. Mi corazón se aceleró, era como si le quisiera regalar hasta la última gota de mi ser. Y cuando deje de luchar, y le entregué mi sangre, ya no había dolor, y un terrible placer me consumió. Sabía que era malo, y que yo ya no era yo, sigo sin serlo. ¿Quereis saber como soy ahora? Ahora soy como él. No penséis que atacó a chicas indefensas en ascensores atascados. Ese juego no me interesa en absoluto. Yo juego con ellos, los enveneno. Trastorno sus almas al nivel de la indecencia, las instruyo en el pecado. Les enseño el morbo del mal. Y cuando su alma es tan putrida como mi comportamiento, la hago mía. Pero no salvo sus cuerpos, sino que dejo que mueran entre mis brazos.
Ya no siento amor, compasión ni pena. Solo siento rabia, dolor ajeno, lujuria... Nunca mato un alma pura; no porque no se lo merezcan, oh no, claro que lo merecen, aquellas son las peores. Sino porque con su alma no siento el mar el mal correr por mis venas, no se inyectan mis ojos en sangre. En mis 300 años nunca me volví a enamorar y no tome sangre de un alma buena. Solo una vez rompí estas dos pautas. ¿Que qué pasó?
¡Ah! Eso me lo llevaré a la tumba; y si alguien se entera, ya puede correr; no será al primero al que encerrara en mi ataúd.

Sueños...

Soñando con aventuras que me lleven a un mar de lágrimas, anhelando lo prohibido, sin rumbo, sin pies. Encerrada en una torre de marfil, soñando con príncipes oscuros que matan dragones imaginarios. Fugaces miradas de sorpresa, escasos suspiros de... de qué ¿? simplemente escasos suspiros en el aire que se mueren en la brisa que acaricia tu rostro. Y al abrir los ojos vuelvo a soñar, sueño con un crepúsculo, sueño con el final. Divago entre aventuras que me lleven a soñar, nuevos reinos, nuevos mundos, cierro los ojos, y a volar. Veo bellos horizontes, una gaviota volar, y sé que ay tierra firme, pues esa gaviota aun no ha llegado a su final. Vuelo y encuentro un mundo, de hombres negros con dibujos morados por su cuerpo, y mujeres moradas con dibujos negros. Yo soy una extraña, pero me acogen bien, y descubro la historia de otro mundo. Pero un carraspeo me devuelve a la tierra, las matemáticas me llaman, y descubro un mundo en el que "pi", si, el numero, quiere morir. Conocer la paz del final. Salto en todos sus números, me canso de saltar y no sé cómo, pero le ayudo, sin que nadie se entere marco el final. Y cuando llego a la cama vuelvo a soñar. Olvido lo imposible, y pienso en que podría pasar. Invento un rostro sin faz, al que le pongo un antifaz, y sueño con un baile de mascaras. Sueño con el beso del final. Simplemente divago, divago en lo que podría pasar.