Sucedió una noche fría...

Me dio un vuelco el corazón, y no tenía donde ir, solo tenía cobijo entre mis brazos, y estos estaban gélidos y húmedos por las lágrimas de mis ojos. Todo era más pequeño a mí al rededor, las paredes se cerraban sobre mi, y cada vez era más fuerte el latido de mi corazón. Poco a poco caí en el abismo y me deslicé hasta el suelo, entonces ya nada tenía sentido. La música seguía con su melodía en mis oídos y el suelo frió se clavaba en mis costillas, mientras, yo me mecía como si con el vaivén se fueran a desvanecer todos los oscuros pensamientos que poblaban mi pecho. Y la luz se apago, me quedé sumida en la oscuridad. Bum-bum, bum-bum. No había nada. Bum-bum, bum-bum. Era demasiado pequeño. Bum-bum, bum-bum. El olor de la muerte me invadió, y supe con certeza que aquel iba a ser mi ataúd. Bum-bum, bum-bum. La música se apagó, me había quedado sin batería. Toda pequeña luz que convirtiera en sombras las tinieblas se había desvanecido. Bum-bum, bum-bum. Él me levantó en brazos y supe que todo iba peligrosamente bien. Bum-bum. Mi latido se hacía cada vez más débil, como si se quisiera ocultar, como si supiera que la única forma de sobrevivir era huyendo. Bum. Pero él no es tan tonto. Y antes de que me librara, me mordió. Había robado mi alma. La sangre solo era parte de su juego, aquel demonio no la necesitaba para nada. Mi corazón se aceleró, era como si le quisiera regalar hasta la última gota de mi ser. Y cuando deje de luchar, y le entregué mi sangre, ya no había dolor, y un terrible placer me consumió. Sabía que era malo, y que yo ya no era yo, sigo sin serlo. ¿Quereis saber como soy ahora? Ahora soy como él. No penséis que atacó a chicas indefensas en ascensores atascados. Ese juego no me interesa en absoluto. Yo juego con ellos, los enveneno. Trastorno sus almas al nivel de la indecencia, las instruyo en el pecado. Les enseño el morbo del mal. Y cuando su alma es tan putrida como mi comportamiento, la hago mía. Pero no salvo sus cuerpos, sino que dejo que mueran entre mis brazos.
Ya no siento amor, compasión ni pena. Solo siento rabia, dolor ajeno, lujuria... Nunca mato un alma pura; no porque no se lo merezcan, oh no, claro que lo merecen, aquellas son las peores. Sino porque con su alma no siento el mar el mal correr por mis venas, no se inyectan mis ojos en sangre. En mis 300 años nunca me volví a enamorar y no tome sangre de un alma buena. Solo una vez rompí estas dos pautas. ¿Que qué pasó?
¡Ah! Eso me lo llevaré a la tumba; y si alguien se entera, ya puede correr; no será al primero al que encerrara en mi ataúd.

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