No lo entendía. Jamás lo entendí. No entendía cómo podía haber algo tan casual como el amor correspondido. No tiene sentido, suena imposible que entre los millones de personas que somos, haya cabida para la coincidencia. Siempre pedía el porque, porque alguien se iba a enamorar de mi, más aun, amándole yo. Pero la vida es curiosa, y el otro día pasó algo que cambió el curso de mis pensamientos.
Le conocía desde hace tiempo, más aún lo sorprendente, es lo rápido que le conocí, que él me abriera el corazón sin saber nada de mí. Él era mi amigo y yo su amiga, no veía nada más que inquebrantable amistad. Casualidad, un día vi que sus ojos brillaban más cuando me miraba, y que mis labios se curvaban en una tierna sonrisa. Me conocía como pocas personas me conocen, sabía de mí casi tanto como yo. Sabía que yo no le veía sentido al amor, sabía que me parecía imposible, y el siempre me animó, intentaba hacerme ver que era especial.
Así los días pasaron, las semanas, los meses. Poco a poco, reíamos siempre juntos, brillábamos a la par, pequeñas miradas furtivas volaban, casuales roces danzaban.
Y fue un día de esos cuando me dijo “Te quiero”. Casi parecía habérsele escapado. No me miraba pero yo sonreí mientras él intentaba borrar lo que acababa de decir, aunque eso fuera como cegarse a sí mismo. No era la primera vez que oía su te quiero, pero fue la primera vez en la que él dijo la verdad. “Y yo”, contesté. Él me miró sorprendido. Mientras yo sonreía, simplemente sonreía, y era feliz. “Pensé que preguntarías el porqué”, repuso contrariado. Reí, reí con la sonrisa más melodiosa que hayan oído los humanos. “Estaba equivocada, no hace falta el porqué. Eso es absurdo, tengo la respuesta en tu mirada”. Él se acercó lentamente, muy lentamente sin apartar su mirada de la mía. Y cuando sus labios tocaron los míos, suaves y sensuales… olvide todo. Y descubrí lo absurda que había sido todo aquel tiempo.
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