Mi respiración era agitada, estaba sola en medio de la oscuridad, sabía que todo era un sueño, uno de tanto que había tenido, sin embargo el llevaba días sin aparecer en uno… ¿Por qué entonces mi respiración sonaba tan agitada? Me encogí sobre mi misma y con mis susurros poco a poco fui cayendo en el sopor, hasta que misteriosamente me dormí dentro de mi propio sueño.
Algo después desperté en un claro bañada por la luz de la luna. Los árboles de alrededor estaban muertos y quemados. A lo lejos se observaba el viejo torreón de mi pueblo, y aunque sabía que debía evitarlo, me dirigí hacia él. Mientras avanzaba, mi pulso era cada vez más fuerte. No entendía porqué si iba a morir en sus manos tarde o temprano no le temía, ¿por qué no huía? Poco a poco el incesante latido de mi corazón fue aumentando su sonido, hasta que al llegar al ruinoso edificio y abrir su puerta, se paró. Entre con paso vacilante. Lentamente, la puerta se cerro tras de mi, dejándome sumida en la oscuridad. Empecé a andar tanteando por donde pisaba y fue cuando empecé a notar que mi ropa se tornaba pesaba.
Una vela se encendió en la estancia, y otra detrás de esta, hasta que toda una fila de ornamentados candelabros iluminaron el majestuoso lugar. Giré sobre mis pies contemplando el suelo de mármol, las cortinas de terciopelo rojo, la cubertería de plata sobre un precioso mantel persa al fondo de la habitación, los grandes techos con pintorescas imágenes y los detallados cuadros con pecaminosas historias. Según giraba me choqué contra él, como de costumbre no le temí en contra del sentido común. Me perdí en la intensidad de su mirada, pero esta vez no vi los horrores de la otra vez, sino que contemplé sus ojos, viendo las llamas del infierno en ellos, las cálidas llamas del infierno. Comenzó un armónico rechinar de violines, entonces él en una muda invitación, me pidió un baile; tonta de mí, acepté. Giramos hasta que dejé de pensar en nada, bailamos hasta que olvide quién era y con quién estaba. La música fue bajando discretamente hasta que paramos, el giro mi rostro hacia la pared mientras me abrazaba, solo que no era una pared, sino un espejo.
-¿No sería hermoso?-me preguntó.
Su voz me hipnotizo, era masculino y atrayente, y casi, casi, me hizo olvidar que en aquel espejo, se reflejaba una estancia en la que yo no estaba.
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